UCR: entre Torres y la autonomía
¿La UCR se dobló o se rompió? Once días que pueden definir el futuro del radicalismo chubutense
La pregunta puede sonar exagerada. Quizás todavía lo sea. Pero después de meses de tensiones acumuladas, decisiones cuestionadas, comités enfrentados con su propia conducción y una primera votación que mostró que el oficialismo partidario ya no tiene garantizada la mayoría, la histórica máxima radical vuelve inevitablemente sobre la UCR de Chubut: “que se doble, pero que no se rompa”.
¿Se dobló o empezó a romperse? El tiempo lo dirá.
Lo concreto es que el radicalismo llegará al 29 de agosto en Esquel atravesando probablemente su discusión interna más importante de los últimos años. Ese día se reunirán el Comité Provincia y la Honorable Convención, mientras comienza a definirse quién conducirá un partido que deberá resolver algo mucho más trascendente que sus autoridades: qué lugar pretende ocupar en el proyecto político de Ignacio Torres y, fundamentalmente, qué UCR llegará a 2027.
Porque detrás de los nombres, las candidaturas internas y los poroteos aparece una discusión mucho más profunda: Autonomía o alineamiento. Y entre esos dos extremos seguramente habrá una enorme cantidad de matices.
Merino tenía el camino mucho más despejado
Hace apenas algunos meses, Gerardo Merino parecía tener un camino considerablemente más sencillo hacia la presidencia del Comité Provincia.
El intendente de Trelew había comenzado a recorrer la provincia y hablar con dirigentes y comités. Su discurso apuntaba al diálogo, la apertura y la necesidad de construir un radicalismo con participación territorial.
Su candidatura tenía además una lógica política evidente.
Merino gobierna Trelew, una de las principales ciudades de Chubut, recuperada por la UCR después de dos décadas sin un intendente radical. Está integrado a Despierta Chubut y mantiene una alianza política con Ignacio Torres.
Incluso la renovación del Comité Departamental Trelew mostró aquella fotografía. Mariana Medina llegó a la conducción local dentro del proyecto político que impulsaba a Merino para presidir la UCR provincial. La propia dirigencia trelewense hablaba abiertamente de proyectarlo hacia el Comité Provincia.
Torres participó de aquella etapa política junto al radicalismo de Trelew y la proyección de Merino parecía encaminar una transición ordenada: Gustavo Menna dejaba la presidencia y otro dirigente radical integrado al oficialismo provincial garantizaba la continuidad de esa línea política.
Pero después ocurrió algo que modificó completamente el clima interno.
La reelección indefinida rompió la tranquilidad
La Legislatura sancionó la modificación que volvió a habilitar las reelecciones indefinidas de intendentes y presidentes de comunas rurales en localidades sin Carta Orgánica.
La iniciativa encontró acompañamiento de legisladores radicales de Despierta Chubut. Y allí comenzó el problema.
No fue solamente una discusión sobre estar a favor o en contra de las reelecciones. Fue una discusión sobre cómo toma decisiones la UCR.
El Comité de Esquel fue uno de los primeros en exteriorizarlo: cuestionó la reforma, defendió la alternancia y dejó planteado públicamente que el radicalismo provincial no había fijado previamente una posición orgánica sobre un tema institucional de enorme importancia.
Después aparecieron más comités. Rawson, Dolavon, Puerto Madryn, dirigentes del interior y otras estructuras radicales comenzaron a pronunciarse. El reclamo tenía un denominador común: ¿por qué los legisladores radicales habían tomado una decisión de semejante trascendencia sin una discusión partidaria previa?
La bronca se trasladó hacia los diputados, pero también hacia la conducción provincial encabezada por Menna.
La sensación que comenzó a extenderse entre dirigentes del interior fue sencilla y políticamente explosiva: nadie les había preguntado.
El problema no era solamente la ley
La crisis fue creciendo porque tocó una discusión que ya existía dentro de la UCR.
Meses antes, sectores partidarios venían reclamando la convocatoria de la Convención Provincial y cuestionando la falta de debate sobre las alianzas, el papel del radicalismo dentro del Gobierno provincial y la autonomía política del partido. Incluso se había comenzado a mencionar la posibilidad de una autoconvocatoria si la conducción no activaba ese organismo.
Por eso la reelección indefinida cayó sobre terreno fértil. La discusión dejó de ser: “¿Estamos a favor o en contra de esta ley?” Y pasó a ser: “¿Quién decide por nosotros?”
Ese cambio explica buena parte del sismo que vino después.
Además, surgió el rechazo de los comités a la Ley de Tierras dentro del proyecto de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, que impulsaba ampliar el margen de venta de tierras a extranjeros, y el Plan de Manejo del Fuego. Y el partido provincial no se pronunció.
Y el golpe alcanzó a Merino
Paradójicamente, Merino no necesitó haber sido el responsable directo de aquella decisión para terminar alcanzado políticamente. Su problema fue otro. Representaba la continuidad del sector partidario alineado con el Gobierno provincial.
Y precisamente cuando recorría Chubut prometiendo diálogo, apertura y participación de los comités, buena parte del radicalismo territorial sintió que una decisión fundamental había sido adoptada sin consultarlo.
Entonces apareció una pregunta incómoda: ¿Qué puede garantizar Merino?
Si conduce la UCR y mañana existe una decisión de Torres que entra en contradicción con una posición mayoritaria de los comités, ¿a quién representará?
¿Tendrá capacidad para decirle que no al gobernador? ¿Defenderá una candidatura radical si Torres acuerda con otro dirigente? ¿Podrá recuperar autonomía sin romper el frente?
Las preguntas pueden resultar injustas si se pretende responsabilizar personalmente a Merino por todo lo ocurrido. Pero políticamente existen. Y explican por qué una candidatura que meses atrás parecía tener el camino mucho más despejado comenzó a encontrar resistencia.
La ley puede tener una segunda consecuencia en 2027
La discusión institucional por las reelecciones puede ser apenas la primera parte del problema. La segunda llegará cuando comiencen a definirse las candidaturas, porque la modificación no solamente habilitó nuevos mandatos, también modificó el tablero territorial de 2027.
Dirigentes radicales que venían construyendo candidaturas en localidades donde los intendentes estaban llegando al límite ahora pueden encontrarse con esos mismos jefes comunales nuevamente habilitados. Y algunos de esos intendentes, aun provenientes del peronismo o de otras fuerzas, vienen acercándose al esquema político de Torres.
Allí aparece una situación potencialmente explosiva: ¿Qué ocurrirá si un radical lleva años trabajando para ser intendente y Despierta Chubut decide respaldar a un jefe comunal no radical que ahora puede volver a presentarse?
Sergio Guajardo ya llevó esa discusión al terreno concreto al advertir que, si el frente provincial acuerda con el intendente Oscar Currilén, el radicalismo de El Maitén podría evaluar competir por afuera. Su planteo fue precisamente que el problema puede repetirse en otros distritos donde existan radicales con aspiraciones y acuerdos de Torres con intendentes provenientes de otras fuerzas.
Ahí estará probablemente una de las verdaderas batallas de 2027.
Torres puede ampliar su frente mientras la UCR pierde casilleros
Desde la perspectiva del gobernador, la estrategia tiene lógica. Un intendente con varios períodos encima posee territorio, estructura, conocimiento y votos. Si además está dispuesto a integrarse al esquema provincial, puede resultar electoralmente más conveniente conservarlo que reemplazarlo por un candidato cuyo nivel de competitividad todavía deba demostrarse.
El interrogante es otro: ¿qué recibe la UCR a cambio? Porque podría producirse una paradoja.
Despierta Chubut —o como finalmente se denomine la construcción electoral de Torres— puede crecer territorialmente mientras el radicalismo se achica dentro del propio frente.
No necesariamente porque exista una decisión deliberada de perjudicarlo. Simplemente porque los intereses no son idénticos.
Torres necesita construir la coalición más competitiva posible para conservar el Gobierno. Y en esa línea se planteó la inocorporación del sastrismo.
La UCR necesita, además, conservar intendencias, producir candidatos, desarrollar dirigentes y mantener poder político propio.
Torres 2027 ya no es Torres 2021
Ahí aparece otro dato que el radicalismo deberá asumir. Ignacio Torres hoy no está parado donde estaba en 2021 ni tampoco exactamente donde estaba en 2023.
En aquel proceso necesitaba especialmente la estructura territorial radical para construir una alternativa provincial competitiva. Hoy es gobernador. Y desde la Gobernación tiene capacidad para construir acuerdos con intendentes, peronistas como Ricardo y Gustavo Sastre, dirigentes vecinalistas, sectores del PRO, independientes y eventualmente otros espacios.
Incluso dentro del peronismo ya existen voces que consideran posible dialogar con sectores radicales que no se sientan representados por el esquema provincial actual. El escenario político se ha vuelto cada vez más transversal.
Por eso cambió la relación de fuerzas. La pregunta ya no es únicamente cuánto necesita Torres a la UCR. También es: ¿cuánto necesita la UCR a Torres?
Y, sobre todo: ¿con qué poder se sentará a negociar con él?
El mazo ya no está en manos radicales
Las cartas no están echadas. Pero el mazo hoy no parece tenerlo la UCR.
Eso no convierte al radicalismo en una fuerza irrelevante. Tiene intendentes, diputados, concejales, dirigentes, afiliados, comités y presencia territorial en prácticamente toda la provincia.
Cuando la discusión por la reelección indefinida movilizó al partido, buena parte de esas estructuras reaccionaron. Los encuentros posteriores mostraron que existe un radicalismo territorial dispuesto a hacerse escuchar.
La pregunta no es si conserva cartas. Las tiene. La pregunta es cómo piensa jugarlas.
Y todavía no llegó la discusión más difícil
Porque todo esto ocurre antes de comenzar formalmente a hablar de 2027. Todavía falta discutir la Gobernación, la Vicegobernación, las intendencias, las ciudades grandes, pequeñas y comunas, las listas legislativas, y la propia composición del frente electoral que buscará renovar Torres.
¿La UCR volverá a tener un candidato a vicegobernador como ocurrió con Menna? ¿Pretenderá presentar un candidato propio a gobernador? ¿En qué condiciones renovará su alianza? ¿Qué intendencias reclamará? ¿Qué ocurrirá en Trelew, Rawson, Esquel, Puerto Madryn y Comodoro Rivadavia? ¿Aceptará candidatos provenientes de otros partidos en localidades donde tenga radicales preparados para competir? ¿Exigirá internas? ¿Hasta dónde estará dispuesta a negociar?
Y hay otra incógnita que hoy nadie puede responder definitivamente: qué relación tendrá el próximo frente provincial con La Libertad Avanza.
Dentro del propio radicalismo existen desde hace tiempo sectores que advierten que un acercamiento de ese tipo podría profundizar las diferencias internas.
No hay hoy una definición que permita anticipar cómo terminará ese tablero.
Pero quien conduzca la UCR deberá sentarse a discutirlo.
El próximo presidente tendrá mucho más poder del que parece
Por eso la elección partidaria adquirió otra dimensión. Quien presida el Comité Provincia no recibirá solamente las llaves de una sede, tendrá que negociar con Torres cuánto vale la UCR dentro del próximo frente, tendrá que discutir gobernador y vice, intendencias, listas, y acuerdos territoriales.
Y eventualmente deberá decidir qué hacer cuando los intereses del frente entren en contradicción con los intereses de un dirigente radical.
Ese será el momento en que la palabra autonomía deje de ser un discurso para convertirse en una decisión política.
Merino ya no llegaría igual
Merino sigue teniendo atributos importantes. Es intendente de Trelew. Tiene relación con el gobernador y pertenece al esquema político que gobierna Chubut. Pero ya no llega al plenario como llegaba antes de la crisis por las reelecciones.
Si finalmente se convierte en presidente, tendrá por delante un desafío adicional: demostrar que algo puede cambiar.
¿Su conducción significará simplemente continuidad? ¿O intentará recomponer el vínculo con los comités y recuperar capacidad de decisión partidaria? ¿Podrá diferenciarse de Torres cuando considere que los intereses radicales están en juego?
Esa es probablemente la prueba política más importante que enfrentaría.
Quinteros y Juncos aparecen como alternativas
En medio de esa tensión comenzaron a mencionarse otros nombres. Horacio Quinteros, desde Esquel, y Luis Juncos, diputado provincial de Rada Tilly, aparecen en conversaciones internas como eventuales alternativas.
Los dos estarían más próximos al sector oficialista que al radicalismo que pretende un camino distinto, aunque podrían ofrecer un perfil más dialoguista en un momento donde reconstruir puentes comienza a resultar indispensable.
Su eventual aparición tendría lógica si el sector oficialista concluye que Merino llega demasiado desgastado para reunir al conjunto.
No significa que alguna de esas alternativas vaya necesariamente a concretarse, pero los nombres ya circulan. Y cuando faltan pocos días, en una interna partidaria eso nunca es inocuo.
Guajardo quiere convertir el malestar en votos
Del otro lado aparece Sergio Guajardo, presidente del Comité Departamental de El Maitén y delegado al Comité Provincia.
Su desafío es diferente. Busca transformarse en la expresión política de buena parte del radicalismo que rechazó la reelección indefinida y reclamó mayor independencia partidaria.
Guajardo sostiene que tiene los votos para disputar la presidencia. Pero hay una diferencia que conviene remarcar: que una veintena de comités haya cuestionado una decisión no significa automáticamente que todos sus delegados votarán por Guajardo.
Una cosa es el enojo. Otra es construir una mayoría. Y otra todavía más difícil es alcanzar los votos necesarios entre los 66 delegados del Comité Provincia.
Los próximos días mostrarán si Guajardo puede transformar el clima de protesta en una alternativa efectiva de poder interno.
Esquel ya dejó una primera señal
Antes del plenario ocurrió algo que merece atención. La elección de la sede terminó funcionando como primer ensayo de fuerzas: la propuesta de realizar el encuentro en Trelew perdió frente a Esquel por 12 votos contra 11.
No hizo falta un desempate. Y eso significa algo políticamente sencillo: el oficialismo partidario no tuvo los votos para imponer la sede que pretendía.
No puede extrapolarse una votación de 23 (de 27) a otra de 66 delegados. Sería metodológicamente incorrecto. Pero tampoco puede ignorarse.
Por primera vez en esta secuencia, el sector que conduce el partido comprobó que una decisión podía perderse. Y perdió.
De jugar de local a viajar a Esquel
El cambio tiene además una dimensión simbólica para Merino. Trelew hubiera significado jugar de local. Es su ciudad, gobierna el municipio y allí se había producido aquella fotografía que meses atrás mostraba al oficialismo radical ordenándose detrás de su proyección provincial.
Ahora tendrá que intentar construir una mayoría en una ciudad que su sector no eligió como sede.
Esquel, además, fue uno de los lugares desde donde surgieron los cuestionamientos tempranos contra la reelección indefinida. No determina el resultado. Pero modifica el clima.
El sismo interno ya ocurrió
La votación por la sede puede interpretarse como una primera réplica. El verdadero sismo ocurrió antes y ocurrió cuando numerosos comités comenzaron a cuestionar públicamente a legisladores y autoridades partidarias, cuando dirigentes reclamaron que las decisiones se discutieran antes y no después, cuando la discusión dejó de ser una diferencia legislativa para transformarse en una discusión sobre autonomía, y cuando la candidatura de Merino dejó de parecer inevitable.
El oficialismo radical conoce ese clima. Sabe que es tormentoso. Y sabe también que los próximos días serán determinantes.
Once días de teléfonos y poroteo
A once días del encuentro, empieza probablemente la etapa más intensa. Teléfonos, reuniones, viajes, conversaciones reservadas, presidentes de comités hablando con delegados, delegados recibiendo llamados de distintos sectores, poroteos que cambiarán todos los días, intentos de reconstruir relaciones, ofrecimientos, posibles acuerdos y, por qué no, el gobierno tratando de ordenar la discusión.
El oficialismo deberá recuperar iniciativa después de haber perdido la primera votación. Guajardo tendrá que demostrar que su afirmación de contar con los votos tiene correlato entre los delegados. Y Quinteros o Juncos podrían pasar de ser nombres mencionados a alternativas concretas si aparece la necesidad de una salida intermedia.
Once días en una interna de 66 votos son una eternidad.
Y ni hablar de la Convención
Pero existe otro enorme interrogante. Ese mismo 29 de agosto, también en Esquel, deberá reunirse la Honorable Convención de la UCR Chubut. Y allí el misterio es todavía mayor.
Mientras para el Comité Provincia existen aspirantes, conversaciones y nombres que circulan, para la presidencia de la Convención prácticamente no se conoce públicamente ninguna candidatura consolidada.
Es un enigma más. Y no es un organismo menor. La Convención viene siendo precisamente uno de los ámbitos cuya falta de funcionamiento generó reclamos internos durante este año. Sectores radicales cuestionaron que no se reuniera para discutir alianzas, estrategia y posicionamiento político.
Su nueva conducción será clave. La pregunta puede terminar formando parte de la negociación general.
¿Comité Provincia y Convención quedarán bajo el mismo sector? ¿Habrá un reparto? ¿Puede utilizarse la conducción de la Convención para construir un acuerdo que evite una pelea más profunda? ¿Será un contrapeso para quien gane el Comité Provincia?
Hoy no hay respuestas. Pero el 29 de agosto se discutirán dos centros de poder partidario al mismo tiempo. Y el equilibrio que surja entre ellos puede resultar decisivo cuando llegue 2027.
Dos radicalismos, aunque todavía dentro del mismo partido
El panorama actual permite observar, con todas las precauciones necesarias, dos grandes tendencias: Una UCR que pretende continuar junto a Torres, integrada al frente provincial y negociando desde adentro. Y otra que reclama mayor autonomía, candidaturas propias y capacidad para marcar límites.
Eso no significa que la segunda necesariamente pretenda romper mañana con el gobernador. Ni que todos sus dirigentes piensen igual. Pero sí existe una diferencia sobre cómo relacionarse con el poder, y de allí podrían surgir escenarios hoy difíciles de imaginar; incluso conversaciones con sectores peronistas.
Ya hubo dirigentes del PJ que públicamente consideraron posible construir acuerdos con radicales que no se sientan representados por el esquema actual.
No significa que exista un acuerdo. No lo hay. Pero sirve para entender cuánto se ha transversalizado la política provincial.
¿Estar con Torres, pero para qué?
Seguramente buena parte del radicalismo continúe considerando conveniente permanecer dentro del frente provincial. Entonces aparecerá una pregunta mucho más importante: ¿estar adentro para qué?
¿Para acompañar? ¿Para ocupar cargos? ¿Para defender políticas propias? ¿Para conservar la Vicegobernación? ¿Para exigir intendencias? ¿Para garantizar competencia interna cuando haya más de un candidato? ¿Para influir realmente sobre las decisiones?
Una alianza puede otorgar lugares. Pero protagonismo significa capacidad de decisión. Y esa diferencia puede definir el futuro partidario.
¿La UCR se dobló o se rompió?
Por ahora, ninguna de las dos afirmaciones puede hacerse de manera definitiva. La UCR sigue funcionando, sus comités están activos, sus dirigentes discuten y mantiene representación institucional y territorial. Pero también atraviesa una crisis interna que expuso diferencias que venían acumulándose.
El 29 de agosto no necesariamente las resolverá. Incluso podría hacerlas más visibles. Porque después de elegir autoridades llegará la verdadera prueba: 2027.
Allí se sabrá cuánto pesa la UCR cuando Torres empiece a cerrar acuerdos: si vuelve a integrar la fórmula provincial, si consigue defender candidatos propios, si conserva intendencias, si gana otras, si acepta candidatos provenientes de otros espacios y, fundamentalmente, qué hace cuando una decisión del gobernador choque con una aspiración radical.
Las cartas todavía no están echadas
La UCR conserva cartas. Muchas. Lo que cambió es que el mazo ya no parece estar en sus manos.
Torres hoy dispone de un tablero político más amplio que aquel con el que construyó su llegada al poder. Tiene capacidad para dialogar con intendentes provenientes del peronismo, dirigentes de otras fuerzas y estructuras territoriales que pueden incorporarse al próximo frente. Eso reduce la dependencia que alguna vez tuvo de la estructura radical y obliga a la UCR a redefinir su estrategia.
Puede continuar acompañando. Puede acompañar y exigir protagonismo. Puede recuperar autonomía para negociar desde una posición más fuerte. O algunos sectores pueden terminar buscando otros caminos. Nada está cerrado.
El 29 de agosto empieza otra historia
Por eso Esquel no será solamente la ciudad donde se elija un presidente partidario. Puede convertirse en el lugar donde el radicalismo comience a definir cómo quiere sobrevivir políticamente a un escenario que cambió alrededor suyo.
Merino llega con poder institucional, pero también desgastado por una crisis que golpeó al oficialismo partidario. Guajardo intenta convertir el malestar de los comités en una mayoría. Quinteros y Juncos aparecen como alternativas posibles dentro de un espacio más cercano al oficialismo, pero con perfiles capaces de buscar mayor diálogo. Y sobre la Convención todavía reina el misterio.
Faltan once días. La carrera será intensa. Habrá llamados, reuniones, acuerdos, desacuerdos y seguramente movimientos que hoy nadie tiene previstos. Porque ya no se discute solamente quién ocupará la presidencia de la UCR.
Se discute quién se sentará frente a Torres cuando llegue el momento de repartir las cartas de 2027: qué estará dispuesto a aceptar, qué candidaturas defenderá, qué lugares reclamará y qué hará cuando los intereses del gobernador y los del partido no coincidan.
La histórica consigna radical dice que el partido puede doblarse sin romperse. Si esta vez solamente se dobló o comenzó efectivamente a romperse, lo dirá el tiempo.
Las cartas todavía no están echadas. Pero el mazo ya no lo tiene la UCR. Ahora dependerá de los radicales decidir cómo quieren seguir jugando.







